Estamos educando en Modo avión.
Hasta en las familias más pluscuamperfectas esto pasa. La adicción a internet es comunitaria y el uso de las redes determina la subclase de sociedad en la que nos estamos convirtiendo.
Ayer por la tarde asistí a una charla en el cole de mi hija sobre prevención del uso de dispositivos digitales. Una charla que forma parte del plan director de centro dirigida tanto a las familias como al alumnado, pero en tandas separadas.
Una agente de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, a quien por su trato cercano llamaré cariñosamente la guardia verde, vino a hablarnos del uso de internet entre niños y adolescentes como arma de destrucción masiva
Su amplia experiencia en la divulgación de este problema, así como los asuntos que llevan a las víctimas a interponer las denuncias, pusieron el foco en las consecuencias penales que pueden acarrear casos de acoso y de agresiones , entre otros, producidos, a través de las redes sociales y los videojuegos.
Por otro lado, la guardia verde, esta vez, como madre de familia, hizo hincapié en la responsabilidad que tienen las familias sobre los actos de los menores. En ese sentido y curtida en esto de dar charlas de aquí para allá, no le sorprendió la escasa asistencia, disparando su discurso sobre las tres madres y el triunvirato de maestros que allí estuvimos. Más íntimo imposible. Un total siete personas contando su propio uniforme. Todo un éxito- permítanme una ironía antes del llanto-.
Ni familias de representantes del consejo, ni la asociación de madres y padres, ni representantes políticos del municipio. Una asistencia ridícula para un concilio tan importante.
Y es que, aquí, en el Far West, es tan fácil poner falta, como conocer las miserias de propios y extraños, esas de las que después todo el mundo habla, opina y etiqueta, con un silencio sonoro que hace subir el pan.
Me encantaría pensar que a todo el mundo se le olvidó acudir a la cita y que no fue dejadez. O que la ausencia se debió a que ya lo sabemos todo al respecto y lo tenemos todo controlado. Que somos una sociedad sensata.
En serio me gustaría creerlo, pero se me hace una bola de chichi que no puedo tragar.
Sinceramente pienso que ninguna estamos libres, ni de Trump, ni de que nuestros hijxs, en un momento dado, puedan desarrollar una adicción a los dispositivos o sean incapaces de hacer un uso apropiado de los mismos.
No hace falta ser una familia disfuncional para correr este riesgo. Hasta en las familias más pluscuamperfectas pasa. La adicción a internet es comunitaria y el uso de las redes determina en muchos casos la subclase de sociedad que estamos construyendo.
Ayer en la charla, las luces de emergencia sobre este problema las puso la ausencia de referentes familiares. A veces las ausencias dicen más que las presencias.
Pese a mi decepción, me gustaría aclarar que estoy tratando de explicarlo con la menor vehemencia posible porque la desidia y sobre todo esa, me irrita.
Pero hay que decirlo con la claridad y la urgencia social que implica un problema como este.
Quien me conoce sabe que llevo años preocupada por este tema, tanto dentro como fuera de mi casa. Siempre me ha turbado el acceso precoz y uso desorganizado y no acompañado de internet en la infancia.
Con un un hijo en plena adolescencia y una hija a sus puertas, esto se ha convertido en una carrera de fondo. En una lucha intestina y visceral por la que podría escribir un texto largo explicando mi propia experiencia. La soledad que he sentido y sigo sintiendo en la educación digital y social de mi hijo e hija. Es difícil hacer tribu.
Quizá algún día lo escriba y tal vez surja alguna voz con la que poder empatizar mutuamente.
Aún me queda camino y en él, el pudor muchas veces es limitante porque parece que nos avergüence reconocer que hay cosas que van más rápido que nosotros y que no sabemos manejar y por ello nos subimos a ellas sin ningún tipo de control ni conocimiento. Como quien se sube a un tren en marcha.
¿Quizá sea que no queremos reconocer que la tecnología nos genera una adicción también a nosotros mismos? Y ¿còmo le explicamos esto a nuestros hijxs si tenemos el móvil en la mano?
¿Hemos perdido las formas y no tenemos herramientas para establecer que en la mesa, ya sea la de casa o la de un restaurante, no debemos usar el móvil? Aunque sea una comunicación de trabajo importantísima…
¿Seríamos capaces de hacer la detox mobile? ¿Cuando fue la última vez que apagaste tu móvil voluntariamente?
Hasta que no seamos capaces de establecer normas y/o limites por nosotros y a nosotros mismos, reconociendo primero nuestras vulnerabilidades no llegaremos a puerto.
Miserablemente, nos consuela que sea las instituciones, colegios e institutos, las que prohiban su uso porque, de esta manera escurrimos el bulto pero dejando a la vista que no somos capaces de cruzar ese rio, el de la pataleta de nuestro bebé, o el del delirium tremens del apagón tecnológico de nuestro niño o adolescente.
Lo peor de todo y lo más cínico del asunto es que luego nos rasgamos las vestiduras y nos impactan las noticias sobre los suicidios de la población infanto-juvenil o los trastornos de imagen y alimentarios como son las dermorexias y anorexias que cada vez van a más . Y conversamos indignadas sobre las agresiones sexuales, racistas y de odio mientras nuestros hijos juegan al GTA sin madurez de ningún tipo.
Quizá deberíamos plantearnos a Santo de Qué ocurre esto. ¿Qué responsabilidad tenemos y qué herramientas de conocimiento tenemos para abordarlo?. Y lo más importante de todo, cómo es nuestro entorno y qué podemos hacer para cambiarlo. Cambiarlo juntos.
Pero parece que con nosotros no va, que da lo mismo si asistimos o no a esas charlas que parecen que son lecciones sobre cómo ser padre o madre para familias a las que no les hace falta.- Y falta hace-.
Sucede que nos las trae al pairo . mientras no sea mi hijo o hija o hije quien sufra. Y que negaríamos la mayor, si nos dijeran que él es el agresor/a y no la víctima..
Y mientras no pase nada, - ¿para qué compartir experiencias juntos y reconocer nuestras incapacidades y limitaciones como madres y padres?-
Sin embargo, para cuando el mal esté hecho,- siempre nos quedará la opción-, de pedir horas en el trabajo para ir al psicólogo, al derma o para declarar ante el fiscal. O lo que es lo mismo para evidenciar de que estamos fracasado como sociedad. Y eso marcará el fin del partido.
Intervención 1- 0 Prevención

