Bastaría con abrazarle durante ocho segundos para sentir la misma sensación que hace agitar su pecho, como cuando con su verbo le acaricia el seso. Convengamos que tal es así que esa es su manera.
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Ese halo de brevedad infinita se cierne en un sepulcro sin mácula ni tacha. Y el eco, que lo envuelve todo, solo sucumbe al llanto párvulo que narra lo inapelable: Un secreto vivo que pese al paso de los años, se guarece inmutable y excelso.
Y mientras ella acuna lo inconfesable, con su secreto por equipaje, transitará su viaje.
Y escribirá en sueños su cuaderno.
Y leerá los poemas de ocho segundos que él seguirá componiendo para ella, en silencio, como un acto de amor inasumible y reprobable.

