Nunca nadie podrá estar a la altura de tu lealtad perruna.
No habrá otra igual. Con quince, te vas, sin quererlo. Energía hasta el último aliento y lentos movimientos que ganaron la batalla al vigoroso salto, al circulo aéreo. A esa asana perfecta.
En la mente quedará la imagen de ese trote elegante y protector. Como el buen pastor hacia su rebaño. Fortaleza y espera hasta conseguir reunirnos a todos para tu adiós.
Siempre en deuda contigo, porque el afecto nunca fue equitativo. Tú siempre a la espera, con esa mirada humana que verbalizaba amor y comida y yo acariciándote con la punta del pie bajo la mesa, como si tal cosa. Y como en el comer, los perros queréis más y mejor que las personas. Con muchísima diferencia amáis más y mejor.
Tu pelo y tu pedo fueron siempre incómodos pero los añoro. Hoy veo y huelo en dos colores: el blanco y el negro.
HoY no me bastan las cenizas, que esparciré en los lugares donde caminéncontigo.
Recojo algún mechón para guardarlo en una caja de cartón y así, conservar tu olor, para no olvidar.
Hoy, tu pérdida, es lamento y recuerdo. Pienso en mi ‘desvarío’ porque, siento que estás. Te huelo, te imagino. A veces, en sueños escucho el tic-tac de tus zarpas en el parqué.
Pero la realidad es que, en esta casa, nos acompaña un silencio, que a veces se rompe por el hipo previo a un llanto desconsolado por el vacío.
Te has ido en silencio, sin ruido, como tú eras. Sin ladrido y sin queja.
A tí, mi perra jefa.

